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sábado, septiembre 29, 2012

"25-S Rodea el Congreso" II



Hay síntomas preocupantes de que al presidente Rajoy y su gobierno se les está yendo el país de las manos. Espero estar en un error.

Alberto Casillas en la puerta de su bar, impidiendo la entrada de la policía.

miércoles, septiembre 26, 2012

MI VECINO EL GRILLO



Desde hace unas noches un grillo en la plenitud de su vida se ha instalado en el jardín de nuestra comunidad. Ante la intensidad de su canto, que aventuro de origen amatorio,
y visto que no es correspondido por ninguna hembra complaciente, he decidido intervenir.

He acudido a la nevera, de la que he extraído el bote de las aceitunas rellenas. He seleccionado las cuatro más grandes y con la superficie más tersa y las he coronado de sendos alambres que simulan antenas. Tras darles un ligero calentón en el microhondas las he bajado al patio y colocado en lugares estratégicamente elegidos.

Ahora espero, paciente, asomado a la ventana a que el grillo se desfogue con sus nuevas compañeras y no reclame ya, para nuestro descanso, la llegada de amantes lejanas.
No sé si mi plan tendrá éxito. Seguro que con muchos hombres funcionaría.

martes, septiembre 25, 2012

25-S "RODEA EL CONGRESO"





Algo huele a podrido en un país en el que los políticos temen a sus ciudadanos y los ciudadanos desconfían de sus políticos.

lunes, septiembre 24, 2012

AXOLOTL - JULIO CORTÁZAR



Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

domingo, septiembre 23, 2012

DIEZ CUENTOS




Quiero compartir con vosotros los diez cuentos que seguramente más huella me han dejado tras muchos años de lectura compulsiva de éste formato literario. Espero que os sea de guía a quienes deseéis incorporaros a éste género. El orden en que los relaciono es puramente aleatorio, pero si me preguntárais por mi cuento favorito, quizá os contestaría que ese es Axolotl.




1/ El rastro de tu sangre en la nieve.   Gabriel García Márquez (1927-     )

2/ Axolotl.   Julio Cortázar (1914-1984)

3/ Los autómatas E.T.A. Hoffman (1776-1822)

4/ El biombo del infierno.  Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)

5/ Una historia de las montañas Raggel Edgar Allan Poe (1809-1849)

6/ La metamorfosisFranz Kafka (1883-1924)

7/ La leche de la muerteMargerite Youcenar  (1903-1987)

8/ Donde el fuego nunca se apagaMay Sinclair (1863-1946)

9/ La biblioteca de Babel.  Jorge Luis Borges (1899-1986)

10/ El otroJorge Luis Borges

sábado, septiembre 22, 2012

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA - JULIO CORTÁZAR



  Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.



Julio Cortázar - Instrucciones para subir una escalera (Historias de cronopios y famas)

sábado, septiembre 15, 2012

EL MISÁNTROPO DIGITAL



Hace dos años recalé casualmente en un blog, del que me intrigó su título y me atraparon sus artículos. Los seudónimos de sus dos creadores, Pitt Tristán y Pepe Deapié, auguraban un contenido exento de vulgaridad, como así he podido constatar posteriormente.
El misántropo digital, es actualmente el único blog que visito con disciplinada asiduidad.

Pues bien, leyendo hoy un cuento de Edgar Allan Poe,- El cajón oblongo-, he encontrado  una descripción de un personaje, que me ha parecido apropiada para decribir a los creadores de tan aconsejable blog:

"....
En la lista figuraban varios conocidos míos, y entre otros nombres me alegró ver el de mister Cornelio Wyatt, un joven artista por quién sentía una cordial amistad. Habíamos sido condiscípulos en la Universidad de C***, donde estuvimos mucho tiempo juntos. Tenía el temperamento característico del genio, y era una mezcla de misantropía, de sensibilidad y de entusiasmo. A estas cualidades iba unido el corazón más sincero que haya latido nunca en un pecho humano."

domingo, septiembre 09, 2012

El caso de Olvido Hormigos o el renacer de la Inquisición.



La publicación por parte de algún enemigo de la concejal, Olvido Hormigos, de un video
erótico en el que ésta aparece masturbándose, y las consecuencias que esto está trayendo me ha hecho pensar que quizá no viva en un país tan desarrollado como pensaba.
Que algunos vecinos que acudieron al pleno del ayuntamiento le hayan gritado, puta, zorra y otras lindezas, delante de las cámaras de las televisiones, me ha entristecido. Me pregunto qué diferencia hay entre estos energúmenos y un grupo de talibanes que lapidan a una adúltera en Paquistán. Yo responderé, con vuestro permiso, a mi pregunta: 6.000 kilómetros. Pero aún hay un aspecto más grave de este linchamiento y  no es otro que el tratamiento que le están dando los medios de comunicación de mi país. Escuchar cómo, "sesudos" contertulios, se atreven a lanzar condenas morales y juicios éticos sobre la vida privada de esta señora, me produce asco. Quizá tenga razón un amigo que siempre me dice que mi problema es que soy un optimista. Quizá este caso esté ayudando a poner las cosas en su sitio. Quizá convenga que todos seamos conscientes del terreno que pisamos; empedrado de malicia e incultura. Quiero dar, aunque no me vaya a leer, todo mi apoyo a Olvido y desearle que todo esto pase cuanto antes y quiero decirle de paso que la indignidad no está en grabar un vídeo íntimo, sino en hacer valoraciones morales del mismo.

miércoles, septiembre 05, 2012

Jacqueline du Pre, Elgar Cello Concerto


MIKE IVANIOTH




El 10 de febrero de 1936 a las 18 horas y 45 minutos, Mike Ivanioth, cansado de buscar  respuestas, cerró el libro y se tendió sobre las sábanas de su cama despojada de la colcha.Una desapacible lucidez, antesala de la locura, parecía batirle las neuronas, que según iban muriendo desmigajadas bajo las aspas de la brusca iluminación, dejaban su espacio a inexplicables burbujas de magia.
El 10  de febrero de 1936 a las 18 horas y 57 minutos, Mike Ivanioth, sabiendo que obraba mal, rasgó el fosforo y lo arrojó sobre la colcha, que acercó ardiente  a la cortina. Se desnudó entre carcajadas y alimentó la improvisada pira con sus prendas. Acercó la palma de la mano al fuego para cerciorarse de que esta vez jugaba en el excitante mundo de la realidad y no en el confortable pero insustancial territorio de la fantasía.

El  10 de febrero de 1936 a las 19 horas y 3 minutos, Mike Ivanioth salió a la calle y giró tres veces sobre su eje con los brazos extendidos, sintiendo la libertad en el voltear de sus genitales.
El  10 de febrero de 1936 a las 19 horas y 12 minutos -según el informe policial-, Mike Ivanioth, tras alejarse cuatro manzanas de su casa y, saboreando extasiado la felicidad plena como nunca antes había ni siquiera imaginado, se lanzó bajo las ruedas del autocar que no pudo esquivarle.

LA CONFIANZA











La confianza es como un castillo de naipes. Cuesta un enorme esfuerzo levantarlo, pero una insignificante corriente de aire es suficiente para derribarlo.

sábado, septiembre 01, 2012

ADULACIÓN





Teodorico I, rey visigodo de España y de Tolosa muerto a mediados del siglo V, aunque de religión arriana, tenía junto a sí como ministro de mucha confianza a un católico. Creyendo éste que abjurando de su religión ganaría más favor en la Corte y su señor el rey le aumentaría el aprecio, abrazó el arrianismo. Enterado Teodorico del hecho lo llamó a su presencia y le dijo: "He decidido prescindir de ti, pues un hombre que no es fiel a su dios, ¿cómo va a serlo a su rey?, después de todo Teodorico solo es un hombre...". Y le echó de su lado tras despojarle de todas sus dignidades.

Pancracio Celdrán Gomariz . Anécdotas de la historia